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EL MECANISMO DEL ENFADO


Cuando una persona siente que algo amenaza su integridad física o psicológica, su cerebro envía una serie de hormonas y neurotransmisores que predisponen el cuerpo para la defensa.
Hay quienes se sienten psicológicamente amenazados ante el más mínimo gesto; basta que alguien esté distraído y no conteste a la pregunta que le pueda hacer para que sienta que le están tomando el pelo o que no le tienen respeto.Ante eso, reacciona enfadándose.
Las sustancias que se vierten en la sangre cuando se produce el enfado, se diluyen muy lentamente. Si mientras los niveles están aún altos se produce otra situación que el cerebro califique de amenazadora, el enfado será mayor.Todos hemos podido comprobar que, cuando estamos furiosos, cualquier tontería nos enfurece aún más.
A veces, ni siquiera es necesario que se produzca un hecho externo: mientras se mantiene el enfado pueden acudir a la mente otras ofensas recibidas, recuerdos desagradables, ideas acerca de futuras agresiones por parte de otros, etc.; cada una de ellas hará que nos sintamos un poco más irascibles y enfadados.
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EL DIÁLOGO INTERNO


La mayoría de las personas pasan mucho tiempo hablando consigo mismas o expresando verbalmente sus propios pensamientos. Por ejemplo, es habitual que formulemos ideas como esta: «Iré a llevar el traje al tinte y como queda al lado de la mercería veré si tienen botones de nácar para el vestido».
Esta conducta es tan habitual como imaginar mentalmente las palabras que se utilizarán para dar una excusa, para hacer una pregunta, etc.
El diálogo interno ocupa cotidianamente gran parte de nuestra mente y, por lo general, no es nocivo ni genera problemas; más bien puede ayudar a ordenar las acciones que se van a realizar y, en ocasiones, contribuye a que nos enfrentemos con mayor seguridad a situaciones problemáticas, ya que las hemos ensayado previamente en nuestra imaginación.
Sin embargo, hay un tipo de diálogo interno que sí es contraproducente ya que da, como resultado, perpetuar o aumentar el enfado.
Si una persona coge en ausencia de otra algún objeto personal de esta última y luego olvida dejarlo donde estaba, hasta cierto punto es lógico que eso irrite a su dueño, sobre todo si es particularmente ordenado.
Ante este hecho, lo lógico es pedirle, con las mejores maneras, que trate de dejarle las cosas en su sitio porque le molesta no encontrarlas cuando las necesita.A continuación, olvidar el incidente.
Las personas propensas al enfado no proceden así: a menudo no hablan con quien haya tenido un acto de desconsideración hacia ellos, sino que inician un diálogo interno que les va enfureciendo más y más. Lo que se dicen a sí mismas son cosas del tipo:
«Lo hace aposta para molestarme; pero cuando vuelva, ¡me va a oír!... Seguro que me dice que lo ha hecho sin querer, que se le olvidó guardarlo o que la dejó sobre la mesa porque no había terminado de usarlo o cualquier tontería por el estilo. Y encima, como me vea enfadada, terminará diciéndome que tengo un carácter insoportable, que me irrito por cualquier cosa. Pero cuando hago algo que no le gusta, ¡menudo se pone!... El otro día empezó a gritar como un poseso porque le tiré a la basura un jersey que ya no se tenía en pie de viejo. ¿Cómo iba a saber yo que era su favoritoz..Además, los armarios están a rebosar, así que no es cuestión de guardar cosas inútiles. Ya le dije que teníamos que solucionar el tema de alguna forma, pero como no es él quien tiene que acomodar las cosas...»
El diálogo interno puede seguir por estos derroteros durante gran parte del día; hará sus trabajos pero, una y otra vez, el diálogo se instalará en su mente distrayéndole de cosas más importantes.
Lo que cabe preguntarse en este ejemplo es: ¿Qué tiene que ver la falta de espacio con el hecho de que alguien no haya guardado el objeto que ha utilizado? Esto demuestra hasta qué punto la ira nos lleva a estados de extrema irracionalidad.
Tras el primer enfado, por orden del hipotálamo se descargaron en la sangre una serie de hormonas y neurotransmisores que generan tensión y que nos hacen más vulnerables al enfado.
Así, ante cada nueva imagen mental, ante cada recuerdo molesto, la furia crece.
Es importante que aquellas personas que tengan fama de cascarrabias se observen a sí mismas detenidamente para comprobar que mantienen esta actitud mediante el diálogo interno. Si tienen en cuenta que esa es su tendencia, podrán interrumpir la incesante conversación consigo mismas y sobreponerse rápidamente al enfado.
Hay muchas maneras de ayudar al organismo y a la mente a controlar la ira; una de ellas es dar un paseo al aire libre; respirar aire puro para que la sangre se oxigene y los músculos se relajen. Otras maneras son mojarse la cara con agua fría o correr durante un rato.
De ningún modo se aconseja hacer esto con un coche ya que, bajo un estado de tensión, aunque los reflejos se agudicen también es posible sentir una omnipotencia que está muy lejos de ser real.
Aunque parezca un método violento, a veces el dar puñetazos a una almohada en el momento de mayor tensión puede representar un alivio. Especialmente para aquellas personas que no encuentran otro modo de solucionar el problema.
Como ejercicio mental se puede intentar ponerse en el lugar de la otra persona e imaginarla en una actitud amable y sincera. También tratar de comprender, desde su punto de vista, las razones que pueda haber tenido para obrar de la forma en que lo ha hecho.
Lo más probable es que su actitud haya surgido de malos entendidos que, una vez aclarados, disolverán rápidamente la tensión. En suma, cada cual debe buscar su propia manera, su propio método para abandonar cuanto antes esta emoción que, por dañina que sea, también produce goce.
Cuando se siente ira, se experimenta alivio al pensar en lo que se le haría o diría a quien la ha provocado, simplemente imaginando las respuestas a las ofensas. Pero aunque ello produzca una satisfacción momentánea, el resultado final es la continuación del enfado y la inútil pérdida de energía que se desperdicia en sostenerlo.

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